TRES CUASI HISTORIAS SOBRE LA COHESIÓN SOCIAL

fiesta de negros

A propósito del lanzamiento de una trilogía de libros sobre cohesión social Latinoamericana por parte de CIEPLAN es que presento la siguiente y pequeña reflexión:

La cohesión social parece ser el tema de moda hoy por hoy en los policy makers de Latinoamérica. ¿Y porqué? Por que es un término relativamente nuevo, sobretodo en nuestra región, que promueve la cooperación y el compromiso cívico como medicina para la polarización de las sociedades, que abundan por aquí. De ésta forma, se presenta como una herramienta para combatir los conflictos sociales que derivan de fuentes de tensión como la pobreza, la desigualdad y la misma polarización. Los términos desigualdad y polarización, si bien son similares en su concepto y sus resultados, presentan diferencias significativas a la hora de orientar las políticas públicas de nuestro continente. La desigualdad la entendemos como las diferencias en la distribución del ingreso en individuos de un grupo determinado (mundo, continente, región, país, ciudad, etc), en cambio a la polarización la consideramos como las diferencias no económicas entre los individuos de un determinado grupo (etnias, lenguaje, costumbres, raza, etc). En otras palabras, en la medida que los ricos transfieran ingreso a los pobres (principio de transferencia de Pigou-Dalton y criterio de Lorenz) tendremos sociedades mas equitativas en términos del ingreso, y en la medida que los individuos de una sociedad cooperen entre sí, se comprometan de manera cívica y rompan la barrera de la desconfianza, tendremos sociedades menos polarizadas, más unidas. En términos globales, con mejoras en los puntos antes señalados se construyen sociedades más justas y con menor conflicto social.

Todo lo anterior, señalado por grandes expertos en el tema como lo son Eugenio Tironi, Patricio Meller, Andrea Repetto, Eduardo Valenzuela, Leonardo Gasparino, Pedro Guell, entre otros, en el marco de la realización de los textos lanzados y sus respectivos comentarios.

De ahora en más, abandonemos la formalidad por un segundo.

Terminada la Conferencia Internacional que organizó el CIEPLAN con el motivo mencionado en el principio, tome mi mochila (cargada de documentos y libros de obsequio) y comencé a caminar rumbo a la casa de un buen amigo. Hacía mucho frio, tenía una cuota grande de hambre y al cabo de un tiempo de caminata, el cansancio de mis hombros se hacía notar también. Decidí entrar a un almacén para descansar el cuerpo y comerme una empanada y en ese estar me encontré con la señora de un muchacho que suele lavar los vidrios cerca de mi hogar, que se encontraba comprándose una empanada también, con las monedas que había juntado trabajando en el semáforo de aquella misma esquina. Le pregunté por su marido (ambos de 16 o 17 años) y me lo apuntó con el dedo, por lo que me acerqué a saludarlo e intercambiamos un par de palabras. Era el hermano de un cabro que hace un tiempo me asaltó.

Fue raro la verdad. Estuve todo el día metido en un edificio de un organismo internacional, rodeado de intelectuales a los cuales admiro por sus trabajos, discutiendo acerca de las sociedades, sobre la desigualdad entre ricos y pobres, sobre la polarización cultural que se observa, incluso dentro de un mismo país, sobre la desconfianza que existe entre los individuos de una sociedad, sobre la participación cívica, sobre la importancia de la cooperación humana. Y al término de la conferencia, a sólo 400 metros de ahí y al cabo de unos cuantos minutos de andar, me encontraba en un escenario completamente distinto, pero sorprendentemente afín. Estaba practicando cooperación, trabajando la confianza y entendiendo la real diferencia entre un rico y un pobre, no en un aula esta vez, sino que en el rostro de Armando.

Una vieja historia cuenta que un día, Buddha fue visitado por una madre que había recorrido cientos de kilómetros con su hijo para visitarlo. Al llegar al fin, la mujer le dijo a Buddha: Maestro, por favor dile a mi hijo que deje de comer azúcar, explíquele usted lo malo que es para su cuerpo y lo poco que ayuda a alimentar su espíritu. A lo que Buddha respondió: vuelva en dos semanas más por favor. La mujer, entendiendo la cantidad de asuntos que el maestro tenía que atender, se marchó y al cabo de dos semanas la madre junto a su hijo volvió donde el maestro. Al llegar, la mujer le dijo. Y bien maestro? Y buddha respondió: Niño, deja de comer azúcar pues no te hace bien. La madre sorprendida con las palabras del maestro le preguntó: Maestro, porque me has hecho ir y volver, recorriendo grandes distancias si esto se lo podrías haber dicho la primera vez que te visité? Y Buddha respondió: lo que pasa es que hace dos semanas yo comía mucha azúcar.

Todo lo anterior, libremente interpretable.

*La fotografía corresponde a la obra Fiesta de Negros, autor desconocido, arte colonial ecuatoriano, siglo XVIII.

 

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