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Utilidad Pública

ENSAYO: ALCANCE MORAL DEL CRIMEN Y CASTIGO

Enviado por Martin Canessa el 28/11/2007 a las 02:25 AM
crimen y castigo
Tal como recita la novela de Dostoievski, se habla de crimen y castigo, dos conceptos que van de la mano, unidos como causa y efecto. El delito en sí esta asociado a una condena establecida, que si bien puede variar según las características particulares del acto ilícito, se conoce de antemano. De esta forma, se utiliza un criterio uniforme a la hora de determinar la pena de un individuo. Y esto corre tanto para Juan el carnicero como para Jaime el ministro, lo que le da un carácter universal a la pena. Vale decir, la condena no discrimina entre uno y otro. Y parece tener la lógica del igualitarismo, en el que las personas son tratadas de igual forma sin importar su procedencia u nombre. En el presente ensayo, se pretende dar líneas acerca del porqué en algunos casos, desde un punto de vista moral, esta igualdad a la hora de condenar puede ser cuestionable, o a veces incluso hasta injusta.
La culpa de un determinado individuo que delinque tiene que ver con el grado de responsabilidad que se le imputa. La ley, a través del sistema judicial, determina este grado de responsabilidad y emite un fallo. Pero da la sensación que en el análisis del grado de responsabilidad del individuo en un acto ilícito, se dejan de lado factores que pueden ser determinantes de su accionar.
Cada ser humano esta constituido por una mezcla entre su parte biológica y su historia. Al nacer, el individuo que ya acarrea ciertas características va desarrollando su vida siendo influenciado por su entorno y sus posibilidades.
La parte biológica dice tener razón con aquellos componentes genéticos que puedan significar una propensión a actuar de determinada manera. De ésta forma, hay quienes biológicamente están más expuestos a problemas de alcohol o pedofilia, lo que a la postre significa que cada individuo nace con ciertas características genéticas que nos pueden llevar a explicar su comportamiento. Si bien, estas consideraciones están siendo recientemente utilizadas en la arena de la formulación de políticas públicas efectivas, a la hora de determinar sentencia aún no son un factor de relevancia.
Por otra parte, la historia del individuo es un factor esencial en el desarrollo de este y su posterior probabilidad de cometer un delito. Quiero decir con esto, que una persona cuya infancia estuvo marcada por una violación por parte de su padre, el cual a la vez maltrataba a su esposa, tiene inevitablemente una mayor probabilidad de cometer un delito como los de su precesor. Si a la vez se le suma un ambiente de alto riesgo social, sin oportunidades de educación ni rehabilitación, estaremos ante la presencia de un individuo que difícilmente podrá salir de su condición de riesgo social.
Llaman la atención algunos casos emblemáticos como el del Chacal de Nahueltoro, quien en la década de los ´60 fue acusado y condenado a pena de muerte por el asesinato de su mujer y sus cinco hijos. El Chacal nació y creció en una zona rural alejado de la educación siendo víctima constante de una sociedad que lo despreciaba por su indigencia e ignorancia. Un día al llegar a su hogar, dio cuenta de que su mujer no había realizado un trámite legal que tenía pendiente sobre su viudez y presa de un ataque de cólera la asesinó junto a su familia. En los tres años que demoró en hacerse efectiva su condena, el Chacal aprendió a leer y escribir, se le abrió un nuevo mundo, muy ajeno al que estaba acostumbrado. En su carta de despedida, agradecía al alcalde y sus colaboradores, a los funcionarios de la cárcel y sus compañeros de celda, pues en toda su vida nunca nadie había demostrado un grado de afecto como en aquella penosa situación. Por primera vez en su vida experimentaba el cariño de la sociedad.
Historias como esta me llevan a plantear las siguientes preguntas: ¿Cuál es el grado efectivo de responsabilidad que tenía este individuo al momento de cometer su delito, en consideración de su biología, historia y contexto? ¿Es igualmente responsable del delito un individuo como el Chacal que otro cuyo mismo delito hubiese sido cometido desde otro contexto más favorable (mayor educación, más protección social, mejor entorno familiar, etc)? A continuación procederé a intentar responder las interrogantes planteadas.
Con respecto a la primera de ellas, me parece que los individuos ostentan una responsabilidad ineludible a la hora de delinquir. Mal que mal, cualquier persona con entendimiento de la situación caerá en cuenta de su delito y lo distinguirá como un acto incorrecto. La salvedad son aquellos casos en que se demuestra que el imputado no estaba en estado de consciencia al cometer el delito o simplemente posee deficiencias psiquiátricas que le impiden distinguir entre el “bien” y el “mal”. Sin embargo, difícilmente podemos evitar realizar una conexión entre las características de su entorno y su acto delictivo final. ¿Habría cometido delito el Chacal si hubiese recibido una educación adecuada? ¿Hubiese matado a aquella mujer y sus hijos si hubiese tenido la “suerte” de haber nacido en la ciudad? Quizás, con un rostro más amigable y oportunidades de asistir al colegio y universidad, se hubiese transformado en un matemático de excelencia. Si bien poco valor tiene presumir posible otras realidades, es difícil evitar este tipo de pensamientos.
Con respecto a la segunda pregunta planteada, pienso que en ambos casos los individuos tienen una parte de la responsabilidad claramente establecida. Al fin y al cabo, en ambas situaciones se cometió el mismo delito con el mismo resultado funesto para la sociedad. En términos judiciales, salvo por diferencias en sus abogados, se debería llegar a una condena similar. ¿Pero son tan efectivas dichas similitudes? A mi juicio existe una gran diferencia entre un caso y otro. Por un lado, un individuo con todo el riesgo social imaginable cometiendo un delito; por el otro un individuo formado de manera socialmente deseable cometiendo el mismo delito. Esto me hace pensar que el segundo es más responsable que el primero puesto que su nivel de consciencia y su capacidad de distinguir entre el bien y el mal es mucho mayor. Pero esto es un juicio de valor y no puede constituirse en un fundamento esencial. Lo que no es un juicio es que la realidad del primero es muy distinta a la del segundo. Mientras a uno lo violentaban cuando pequeño, al otro lo amamantaban; mientras uno se educaba, el otro comenzaba a cometer sus primeros delitos. Las diferencias son evidentes pero sus condenas no.
Uno de los factores que me determinó a escoger este tema para desarrollar el presente ensayo fue la empatía que me generó un joven que me asaltó en la calle hace unas semanas. En primera instancia, mi frustración se manifestó a través de rabia e impotencia por la experiencia vivida. Mal que mal, el tipo que me increpó era el mismo que hace más de diez años se para en una esquina cerca de mi hogar a lavar los vidrios de los automóviles que pasan. De esta forma, puedo decir que crecí junto a él, sin él y él sin mí. Fui espectador de su vida, desde que era pequeñito igual que yo, en el aquél entonces en que lo veía llorar a menudo mientras pasaba en mi vehículo, junto a mi madre hacia mi hogar. Recuerdo que un día lo llevamos, y secándose sus lágrimas nos explicó que no había juntado el dinero necesario para satisfacer las demandas de su abuela, quien a su vez lo hospedaba dado el abandono de sus padres.
Superada mi reacción inicial, comencé a reflexionar acerca de la vida que le tocó vivir. Y si bien soy un convencido de que cada cual forja su destino, esto pareciera no tener mucho valor en casos como los de este muchacho. Más bien, solo pareciese tener valor en situaciones como la mía, en la que la mayor parte de las cosas se me fue dada. Caí en cuenta de mi fortuna, o en otros términos más económicos, de mi situación inicial; al mismo tiempo que caía en cuenta de la suya, de su condición inicial, tan distinta por lo demás.
La reflexión inmediata que se me vino fue la de volver a preguntarme que tan responsable es ese individuo del delito que cometió para conmigo. Que tanto de su responsabilidad en el acto delictual es explicado por su entorno, su escasa educación, su falta de cariño materno y paterno, su aparentemente insorteable destino de trabajar para juntar el monto necesario, de delinquir si éste no es suficiente. Y luego pienso que no es comparable que yol e robe a él a que él me robe a mí. Tampoco es comparable que el Chacal mate a esa gente, a que el delito lo cometa un individuo acomodado.
¿Es finalmente justa la condena entonces? ¿No se estará cometiendo un error moral con aquellos delincuentes más desfavorecidos económica y socialmente hablando? La verdad es que no lo sé, al menos pienso que se debería tener mayor cautela a la hora de determinar las responsabilidades efectivas de cada caso. Yo no he delinquido como ellos y pienso que lo más probable es que nunca vaya a delinquir, aunque de haber nacido en el lugar de los mencionados, en sus mismas situaciones iniciales, seguramente en vez de ensayos estaría escribiendo mi historia delictiva.

 


El delito

Enviado por el 28/11/2007 a las 12:38 PM
migue

El delito se sanciona en función a una característica objetiva que es el daño que se ha producido (determinado en el tipo penal, o delito), tomando en cuenta también circunstancias que tienen carácter subjetivo (como los agravantes o atenunates de la pena).

Sin duda lo que se busca con los delitos es sancionar a gente que se comporta de una manera no deseada por la sociedad, castigarla por alterar el orden que tiene que haber en una sociedad para que funcione.  Pensandolo a si, el sistema tiene cierta lógica, y es más, es hasta posible que funcione. (a pesar de todos los reclamos tipo "puerta giratoria", "la tercera es la vencida" y frases populistas por el estilo)

Hay un gran reparo eso si que hacerle, que es que la sociedad no funciona. Tiene fallas que permiten que cosas como que ese niño se vea obligado a pedir monedas y robar, mientras ve que delante de sus ojos pasa gente que tiene todo lo que el jamas va a tener posibilidad ni oportunidad, y sin que a elos le importe lo que le pasa a ese niño. El error esta en como la sociedad no es capaz de generar ese tipo de respuestas.

Vivímos en una sociedad tremendamente injusta (en cuanto a justicia social, no legal) y poco equitativa, y me parece que el sistema legal, en cuanto a lo penal parte de la base de un sistema que es justo en lo social, y lamentablemente ese presupuesto indispensable no se cumple.

 

Saludos tino, acuerdate tambien de ecologiadelsur 


Buen

Enviado por el 28/11/2007 a las 03:33 PM
Martin Canessa
Buen Miguel. Gran aporte desde el prisma de la abogacia. Y no, no me olvido ni por un segundo.

Coincido

Enviado por el 28/11/2007 a las 02:49 PM
CaTa
Coincido, simplemente si no hay Igualdad de oportunidades no puede haber justicia. El primer juicio hay que hacerlo al sistema, es por esto que no es posible terminar con la espiral de violencia social, por mas que suban las rejas y la gente parezca prisionera en sus propios hogares, por mas que llenen de policías los barrios, por mas que se armen organismos supranacionales de "hombres buenos" (¿?) no conseguirán acabar con la violencia porque la violencia está enquistada en la desigualdad, en la discriminación en la falta de oportunidades. Saludos CaTa =)

Buena

Enviado por el 28/11/2007 a las 03:34 PM
Martin Canessa

Buena Cata. Exactamente en esa línea escribí el artículo. Pero como la igualdad social no es un tema fácil de tratar,  debemos ser más cautelosos a la hora de condenar. Ha quienes se les condena y han tenido una vida sin oportunidades, se les debe dar una chance de  formación, porque no sólo es poco justo sino que podríamos estar perdiendo un capital humano significativo, sobretodo en el caso de los menores de edad, con todo un mundo por delante.

Saludos!


mi muy querido martín

Enviado por Juan Chuck el 03/12/2007 a las 04:39 PM





No es dificil estar de acuerdo en que ser culpables de nuestros genes y las conductas que determinan a nadie le acomoda. Por otro lado, no hay accion humana que el mismo hombre si se lo propone  no sea capaz de entender tras "contextualizarla", de comprender su genesis en el ambiente único de esa persona y que lo conduce a obrar de una u otra forma. En aquel socialmente aceptado que mata, sin duda Freud encontrará en su ambiente un peso criminalmente asesino. Podemos entonces no ser culpables nuestros genes y ademas nosotros, a travez de nuestras conductas nada mas que victimas de nuestro entorno en el que crecimos?  Quizas somos culpables de ambos, genes y ambiente, lo que seria grandioso para la paz y armonia de nuestra sociedad, o quizas de ninguno, grandioso para la armonia y paz personal.


mi muy querido juan chakal

Enviado por el 04/12/2007 a las 01:31 PM
Martin Canessa

Genial leerte.

En cuanto a la culpabilidad, quizás lo adecuado sea utilizar la palabra responsabilidad. Hablo de que al cometer un delito se juzga por la responsabilidad de un individuo en el acto mismo, y no la suma de esto más el grado de responsabilidad proveninete de factores externos como composición genetica y entorno dañino. Y desde este punto de vista, la agravante de cometerlo habiendo recibido educación socialmente deseable y buen entorno de desarrollo personal.

Un abrazo grande. 


Las rejas eléctricas y el lobo de Gubbio

Enviado por el 06/12/2007 a las 01:27 PM
juan carlos


Hermano,

Estamos resolviendo los problemas de la delincuencia con más y más inversión en seguridad, incluida la instalación de sendos cercos eléctricos que dan a nuestra casa una apariencia de fortaleza inexpugnable (atrevete a entrar a mi hogar y vas a sufrir las consecuencias más terribles). Si nuestra sociedad fuera más humana y sabia, sabría que los problemas de la delincencia se resuelven cuando se resuelven las tremendas desigualdades sociales y económicas de nuestra sociedad. Este camino, sin duda la solución difícil al problema, es similar a la historia de Francisco de Asís y el lobo de Gubbio. Leanla y piensen cuan valioso sería para Chile que nosotros actuaramos como el santo, y no como los pobladores de Gubbio antes de su llegada.

paz

 

En el tiempo en que San Francisco moraba en la ciudad de Gubbio, apareció en la comarca un grandísimo lobo, terrible y feroz, que no sólo devoraba los animales, sino también a los hombres; hasta el punto de que tenía aterrorizados a todos los habitantes, porque muchas veces se acercaba a la ciudad. Todos iban armados cuando salían de la ciudad, como si fueran a la guerra; y aun así, quien topaba con él estando solo no podía defenderse. Era tal el terror, que nadie se aventuraba a salir de la ciudad.

San Francisco, movido a compasión de la gente del pueblo, quiso salir a enfrentarse con el lobo, desatendiendo los consejos de los habitantes, que querían a todo trance disuadirle. Y, haciendo la señal de la cruz, salió fuera del pueblo con sus compañeros, puesta en Dios toda su confianza. Como los compañeros vacilaran en seguir adelante, San Francisco se encaminó resueltamente hacia el lugar donde estaba el lobo. Cuando he aquí que, a la vista de muchos de los habitantes, que habían seguido en gran número para ver este milagro, el lobo avanzó al encuentro de San Francisco con la boca abierta; acercándose a él, San Francisco le hizo la señal de la cruz, lo llamó a sí y le dijo:

-- ¡Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie.

¡Cosa admirable! Apenas trazó la cruz San Francisco, el terrible lobo cerró la boca, dejó de correr y, obedeciendo la orden, se acercó mansamente, como un cordero, y se echó a los pies de San Francisco. Entonces, San Francisco le habló en estos términos:

-- Hermano lobo, tú estás haciendo daño en esta comarca, has causado grandísimos males, maltratando y matando las criaturas de Dios sin su permiso; y no te has contentado con matar y devorar las bestias, sino que has tenido el atrevimiento de dar muerte y causar daño a los hombres, hechos a imagen de Dios. Por todo ello has merecido la horca como ladrón y homicida malvado. Toda la gente grita y murmura contra ti y toda la ciudad es enemiga tuya. Pero yo quiero, hermano lobo, hacer las paces entre tu y ellos, de manera que tú no les ofendas en adelante, y ellos te perdonen toda ofensa pasada, y dejen de perseguirte hombres y perros.

Ante estas palabras, el lobo, con el movimiento del cuerpo, de la cola y de las orejas y bajando la cabeza, manifestaba aceptar y querer cumplir lo que decía San Francisco. Díjole entonces San Francisco:

-- Hermano lobo, puesto que estás de acuerdo en sellar y mantener esta paz, yo te prometo hacer que la gente de la ciudad te proporcione continuamente lo que necesitas mientras vivas, de modo que no pases ya hambre; porque sé muy bien que por hambre has hecho el mal que has hecho. Pero, una vez que yo te haya conseguido este favor, quiero, hermano lobo, que tú me prometas que no harás daño ya a ningún hombre del mundo y a ningún animal. ¿Me lo prometes?

El lobo, inclinando la cabeza, dio a entender claramente que lo prometía. San Francisco le dijo:

-- Hermano lobo, quiero que me des fe de esta promesa, para que yo pueda fiarme de ti plenamente.

Tendióle San Francisco la mano para recibir la fe, y el lobo levantó la pata delantera y la puso mansamente sobre la mano de San Francisco, dándole la señal de fe que le pedía. Luego le dijo San Francisco:

-- Hermano lobo, te mando, en nombre de Jesucristo, que vengas ahora conmigo sin temor alguno; vamos a concluir esta paz en el nombre de Dios.

El lobo, obediente, marchó con él como manso cordero, en medio del asombro de los habitantes. Corrió rápidamente la noticia por toda la ciudad; y todos, grandes y pequeños, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, fueron acudiendo a la plaza para ver el lobo con San Francisco. Cuando todo el pueblo se hubo reunido, San Francisco se levantó y les predicó, diciéndoles, entre otras cosas, cómo Dios permite tales calamidades por causa de los pecados; y que es mucho más de temer el fuego del infierno, que ha de durar eternamente para los condenados, que no la ferocidad de un lobo, que sólo puede matar el cuerpo; y si la boca de un pequeño animal infunde tanto miedo y terror a tanta gente, cuánto más de temer no será la boca del infierno. «Volveos, pues, a Dios, carísimos, y haced penitencia de vuestros pecados, y Dios os librará del lobo al presente y del fuego infernal en el futuro.»

Terminado el sermón, dijo San Francisco:

-- Escuchad, hermanos míos: el hermano lobo, que está aquí ante vosotros, me ha prometido y dado su fe de hacer paces con vosotros y de no dañaros en adelante en cosa alguna si vosotros os comprometéis a darle cada día lo que necesita. Yo salgo fiador por él de que cumplirá fielmente por su parte el acuerdo de paz.

Entonces, todo el pueblo, a una voz, prometió alimentarlo continuamente. Y San Francisco dijo al lobo delante de todos:

-- Y tú, hermano lobo, ¿me prometes cumplir para con ellos el acuerdo de paz, es decir, que no harás daño ni a los hombres, ni a los animales, ni a criatura alguna?

El lobo se arrodilló y bajó la cabeza, manifestando con gestos mansos del cuerpo, de la cola y de las orejas, en la forma que podía, su voluntad de cumplir todas las condiciones del acuerdo. Añadió San Francisco:

-- Hermano lobo, quiero que así como me has dado fe de esta promesa fuera de las puertas de la ciudad, vuelvas ahora a darme fe delante de todo el pueblo de que yo no quedaré engañado en la palabra que he dado en nombre tuyo.

Entonces, el lobo, alzando la pata derecha, la puso en la mano de San Francisco. Este acto y los otros que se han referido produjeron tanta admiración y alegría en todo el pueblo, así por a devoción del Santo como por la novedad del milagro y por la paz con el lobo, que todos comenzaron a clamar al cielo, alabando y bendiciendo a Dios por haberles enviado a San Francisco, el cual, por sus méritos, los había librado de la boca de la bestia feroz.

El lobo siguió viviendo dos años en Gubbio; entraba mansamente en las casas de puerta en puerta, sin causar mal a nadie y sin recibirlo de ninguno. La gente lo alimentaba cortésmente, y, aunque iba así por la ciudad y por las casas, nunca le ladraban los perros. Por fin, al cabo de dos años, el hermano lobo murió de viejo; los habitantes lo sintieron mucho, ya que, al verlo andar tan manso por la ciudad, les traía a la memoria la virtud y la santidad de San Francisco.

 







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